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El periodista de La Vanguardia Domínguez Rodiño describió la Alemania de la Primera Guerra Mundial

El otro Gaziel

La fama se la llevó Agustí Calvet con su “París, 1914. Diario de un estudiante”. Quizás también porque retrató a los vencedores. Como se sabe, a Gaziel (Sant Feliu de Guíxols, 1887-Barcelona, 1964) el conflictó lo pilló en París y empezó a escribir para La Vanguardia, diario que con el tiempo llegaría a dirigir aunque otra guerra, en este caso la Guerra Civil española (1936-1939), truncó luego su carrera periodística.

Pero La Vanguardia, que bajo la batuta de Miquel dels Sants Oliver, ya se caracterizaba por la información internacional tenía otro periodista en el otro lado: Enrique Domínguez Rodiño (Jerez, 1887-Guipúzcoa, 1974). En este caso en el Imperio Alemán, el entonces II Reich.

A Domínguez Rodiñó le pilló la Gran Guerra en Bremen, una ciudad costera en el norte de Alemania, la competidora de Hamburgo. Hombre de negocios, empezó a enviar los primeros artículos escondidos en la las mangas del abrigo de un amigo para sortear la censura.

Las crónicas ya fueron publicada en formato libro en 1917 (“Las primeras llamas”) y reeditadas en el 2015 por la editorial Renacimiento de Sevilla con el apoyo del Centro de Estudios Andaluces de la Junta de Andalucía, un organismo dependiebnte de la Consejería de Presidencia.

El libro describe la retaguardia alemana cuando los alemanes, que ya habían vencido a Francia en la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), se muestran convencidos de la victoria. “Apostaría, seguro de ganar, que no hay en toda Alemania a estas horas una docena de alemanes que duden del triunfo”, escribe el 10 de Agosto de 1914. El kaiser había declarado la guerra a Francia apenas unos días antes, el 3 de Agosto.

Más adelante, el 24 del mismo mes, reproduce la conversación con un amigo alemán que le dice: “Aunque Alemania saliese vencida de esta lucha, cosa que es imposible, Alemania no morirà”. Y al día siguiente reproduce otra conversación similar con otro amigo: “Si fueramos vencidos, supuesto que es un imposible, Alemania es un país que no puede morir”.

Los alemanes, que habían hecho la reunificación sobre una base militar apenas unas décadas antes, buscaban su lugar en el mundo entre las otras potencias y se mostraban convencidos de su fuerza, incluso de sus argumentos morales.

Quizá Enrique Domínguez augura, sin saberlo, el nazismo porque, el primer interlocutor citado afirma que en el caso hipotético de que Alemania sea derrotada “se pondría de nuevo a trabajar cdon tal intensidad y ahínco que en un par de lustros restañaría sus heridas y reconquistaría lo perdido”.

El antiguo hombre de negocios, recorre también Italia, Suiza, vuelve a Alemania, se desplaza al frente oriental y a la Bélgica ocupada. Quizá la única crítica que se puede hacer es que el libro recogre sólo artíuclos entre 1914 y 1917. / Una reseña de Xavier Rius

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